Pasar al contenido principal

Jorge Alfaro deconstruye la memoria familiar en el Fortín Álvarez de Acapulco

A través de la exposición «El oficio de la almeja» en el Fortín Álvarez de Acapulco, el escultor Jorge Alfaro recurre a la madera, la piel de cordero y un íntimo archivo de objetos familiares para intervenir el pasado, transformando el dolor heredado en una potente propuesta de deconstrucción artística

Fotografía de portada del escultor Jorge Alfaro posando junto a su obra en el Fortín Álvarez. El artista posa con su mano real como  está en la escultura con forma de mano humana texturizada con piel de cordero y cicatrices, montada sobre un cubo.

Deconstruir el dolor íntimo: Jorge Alfaro habita el Fortín Álvarez con «El oficio de la almeja»

El histórico Fortín Álvarez, un espacio que resguarda la memoria militar y colonial del puerto, se ha transformado temporalmente en el contenedor de una memoria mucho más íntima, poética y confrontativa. Se trata de «El oficio de la almeja, esculturas para deconstruir la memoria», la más reciente exposición del escultor Jorge Alfaro.

A través de un recorrido que entabla un diálogo profundo entre el objeto, el tiempo y el cuerpo, el creador compartió con la bailarina Sara Guillén los hilos conceptuales de una muestra que opera como un ejercicio de arqueología personal.

Cambiar la historia desde la memoria

El subtítulo de la exposición no es fortuito; encierra la verdadera tesis del proyecto. Lejos de pretender una reconstrucción estática del pasado, Jorge Alfaro apuesta por la intervención de los recuerdos.

«La idea es cambiar la historia desde la memoria; la vivencia original ya no se puede, pero sí cambio el cómo la interpreto y vivo hoy. Al deconstruirla la modifico de alguna forma», explica el escultor sobre este proceso de transmutación interior.

Esta metáfora del molusco ya había sido explorada por el artista en su pasada exhibición en el Museo de la Autonomía de la Ciudad de México. Sin embargo, el creador señala una diferencia fundamental en el núcleo de ambas propuestas: mientras que en la capital del país el enfoque apuntaba a «suavizar o atenuar el dolor a un nivel social, donde lo que sucede es muerte y desaparición de seres amados o violencia generalizada», en esta entrega en el Fortín Álvarez se vuelca por completo hacia el terreno de lo privado: «Se trata de transformar el dolor personal, íntimo».

La mesa central: Testigo de un contexto doloroso

Estructuralmente, la exposición de escultura contemporánea convive con obras de la trayectoria previa del autor dentro del fortín. No obstante, el corazón de la propuesta actual se articula a través de cuatro piezas dispuestas sobre bancos que guían al espectador hacia una gran instalación central: una mesa que funciona como la quinta pieza y eje gravitacional de la muestra.

Esta mesa no es decorativa; es un archivo de ausencias y heridas heredadas. «Esos objetos son parte de lo que pude salvar de la historia familiar», relata Alfaro. Lejos de la nostalgia idílica, los elementos expuestos describen pasajes inquietantes en la dinámica de sus antecesores.

El abuelo del artista, un hombre culto que se desempeñó como agregado cultural en varias embajadas y alternó con figuras como Ernesto el “Chango” Cabral, dejó un legado epistolar de miles de cartas dirigidas a amigos y allegados, pero un vacío absoluto hacia la madre del escultor. Las excepciones a ese silencio son dedicatorias punzantes en libros de santas que le obsequiaba, en cuyas dedicatorias la invitaba a mitarlas, como a Santa Catalina de Siena, que murió por inanición a los 33 años en su entrega mística. «Por esa y otras razones la mesa es testigo, es portador de un mensaje fuerte, describe un contexto doloroso», confiesa el creador.

Frente a este archivo de ausencias, la escultura se convierte para Alfaro en un vehículo para procesar el enojo y formular miles de preguntas que ya nadie podrá responder. El ejercicio artístico no busca el melodrama familiar, sino el intento del propio escultor por descifrar su historia individual, asumiendo con valentía el riesgo de las previsibles malinterpretaciones que genera hurgar en lo privado.

Stella Rossi y la herencia de la frustración

El misticismo y la crudeza de la obra de Jorge Alfaro también se nutren de la genealogía de las mujeres de su árbol familiar. En la instalación destaca la evocación de su abuela materna, Stella Rossi, cantante de ópera de principios del siglo XX con un reconocimiento emergente que terminó por apagarse debido al sometimiento conyugal.

«Fue en efecto cantante de ópera, con cierto reconocimiento, pero se dejó someter por mi abuelo y dejó la carrera. De ahí proviene la frustración de las mujeres en esa familia, que continuó con la de mi madre y de alguna manera afectó la vida de mi familia nuclear», revela con crudeza el artista.

Es a partir de este quiebre que la exposición adquiere una dimensión catártica. Lejos de quedarse en el lamento de los embrollos generacionales, las piezas funcionan como un andamiaje para entender el presente del autor a través de procesos dolorosos pero necesarios.

La poética del tiempo

Esta carga histórica se amalgama en las salas del fortín con materiales de fuerte carga simbólica, como sutiles piezas de piel de cordero o un hacha lítica prehispánica que se magnifica visualmente mediante el efecto óptico de una perla.

Para el escultor, el deterioro y el entorno juegan a favor del discurso. El polvo acumulado sobre las superficies rústicas no se limpia; al contrario, es asumido como «un obsequio del tiempo» y una parte viva de la propia instalación.

Al igual que el proceso biológico de la almeja, que secreta nácar alrededor de la piedra para evitar que la lastime, el artista utiliza la madera, granito, onix y objetos religiosos  de su abuela o bisabuela encapsuladas en las piezas, los archivos familiares y el espacio del Fortín Álvarez para recubrir sus propias heridas, demostrando que el arte contemporáneo en Guerrero es también una potente herramienta de emancipación y sanación interior.


ADN Cultura

2025 | Todos los derechos reservados.